Antes de que el flamenco se vendiera en los chinos

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Fotografías de Chusmi10

Una colaboración de Eduardo R. Salgado

Las candidaturas a los Juegos Olímpicos venden una ciudad como la mejor opción para la cita deportista y, muy especialmente, para la empresa turística. Para ello, como los folletines de las agencias de viajes, suelen recurrir a estereotipos aceptados internacionalmente con los que a priori el país de su candidatura se identifica.

En las dos últimas candidaturas de Madrid (2016, 2020) para los vídeos promocionales se usó música flamenca. Esta música originaria del sur español se relaciona dentro y fuera de España como la música más castiza; o como diría Manuel Fraga: typical spanish. Cuando el turista entra en la tienda de suvenires de Toledo, por ejemplo, encuentra muñecas vestidas de sevillana, abanicos con toros o bailaoras… El truco de vender lo aflamencado sigue vigente después de 60 años de Bienvenido, Mister Marshall. Sin embargo, esta asimilación del flamenco como música vehicular de España no fue siempre bien asumida.

Antes de aupar la cultura flamenca como el arte popular más celebrado y exportado, el flamenco tuvo fervientes detractores que tildaban el cante jondo como música de vagos, delincuentes y gentes de mala vida. El poeta y político vallisoletano Gaspar Núñez de Arce escribía: “Nos duele, y con razón, que se nos presente como el país de las castañuelas; más no perdemos ocasión […] para obsequiar a los extranjeros que nos visitan con el cante jondo, y la Soleá y las juergas” (El Imparcial, 30/10/1887).

Poco después de que Núñez de Arce cargue tan airadamente contra el flamenco, España perderá sus últimas posesiones del dilapidado Imperio, y con ello llegó un hondo sentimiento de tragedia nacional. La Generación del 98 promulgó hacia una europeización de España. Había anhelos del desarrollo económico y sociocultural que manifestaban Francia o Reino Unido. El sentido regeneracionalista pretendía dejar atrás comportamientos atávicos de una España atrasada. Debido a esto, algunos relacionaron los males del país con el arte flamenco. No resulta difícil imaginar el ambiente de podredumbre de los guetos y barrios marginales donde el flamenco era cantado por gitanos y payos.

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Del “no te  quiero ni ver”, al “eres lo mejor que tengo”

A finales del siglo XIX y principios del XX las exposiciones universales eran eventos con relevancia internacional equivalente a las Olimpiadas de hoy. Los países exponían al público occidental sus mayores logros científicos, culturales o investigaciones de todo tipo. Eran como ferias donde se publicitaba el orgullo nacional. La exposición universal que tuvo lugar en París en 1900, además de propiciar la construcción de la Torre Eiffel, tuvo un papel relevante para los vecinos de Granada; ya que las autoridades decidieron llevar como representación de la ciudad de la Alhambra, y en suma del país, un grupo de cantaores y bailaores gitanos del Sacromonte granadino.

Esta representación ofendió a un importante sector de la sociedad. Así, encontramos un artículo de Francisco de Paula Valladar en el que exclama burlonamente: “¡Bien queda Andalucía en el gran certamen universal! Las imitaciones de sus juergas, de sus cafés cantantes, de sus plazas de toros […]. Hemos unido ante el mundo entero los vicios y las decadencias, la exageración de las costumbres del más soez populacho” […]. (El Defensor de Granada, 22/04/1900)

Para entender el rechazo que generaba el flamenco en la época, Ricardo Molina apunta en su libro Antonio Mairena: Mundo y formas del  cante flamenco, que el flamenco pasa entre finales del siglo XIX y principios del XX a cafés-cantante y teatros, exponiéndose así, en público. Con los consiguientes cambios en la representación en favor del parné de músicos y dueños, y evidentemente, de lo que demandara el público. Al hablar de antiflamenquismo en esta época, suele aludirse al caso de  Eugenio Noel, que llega a escribir un libro donde recoge crónicas bajo un ilustrativo título: Escenas y andanzas de la campaña antiflamenca. Pese a que su obra no llegó ni entonces ni ahora a trascender, puede servirnos como ejemplo exagerado de la aversión que gran parte del sector intelectual mantenía hacía todo lo flamenco.

Esta capital andaluza es fundamental para la historia del flamenco. Aquí comienza la revaluación del flamenco en el conjunto de España. Pero antes, el flamenco seguirá sufriendo ataques furibundos en la prensa: “Seríamos cómplices de un crimen de leso arte si no protestáramos contra el proyecto descabellado, absurdo, de convertir el Palacio de Carlos V en escenario de impúdicas danzas de gitanos” […]. (Noticiero Granadino, 09/06/1907). Quince años después y, precisamente también dentro de la Alhambra, las diatribas en la prensa  granadinas se convierten en elogios. La crónica de El Defensor de Granada del 14/06/1922 describe el concierto como: “Triunfo definitivo, absoluto […]. La Plaza de los Aljibes presentaba hermosísimo y poético aspecto” […].

¿Qué había pasado? Que dos prebostes de la cultura española defendieron fervientemente el flamenco. El poeta Federico García Lorca y el compositor Manuel de Falla lideran un cambio de la relación entre la élite cultural española y el flamenco que dura hasta nuestros días. Este cambio comienza con dos actos. Por una parte la  conferencia que imparte Lorca con el título de: Importancia histórica y artística del primitivo canto andaluz llamado cante jondo, expuesta el 19 de febrero de 1922 en el Centro Artístico de Granada. Por su parte Falla publica un alegato en defensa del flamenco: Proposición del Cante Jondo un mes después en El Defensor Granadino.

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En su conferencia Lorca esgrime argumentos como que: ”No es posible que las canciones más emocionantes y profundas de nuestras misteriosa alma, estén tachadas de tabernarias y sucias; no es posible que el hilo que nos une con el oriente impenetrable quieran amarrarlo en el mástil de a guitarra juerguista.” Mientras el compositor gaditano manifiesta en su protocolo un reclamo a las instituciones para que celebren en Granada un certamen que pretendía servir de revulsivo a la escena flamenca y, al mismo tiempo, ensalzar y proteger el flamenco alejado de los café-cantante y de la escena pública; es decir, reivindicar el cante jondo más tradicional: “El cante grave, hierático de ayer, ha degenerado en el ridículo flamenquismo de hoy. En éste se adulteran y modernizan (¡Qué horror!) sus elementos esenciales, los que constituyen su gloria” […]. Esta defensa del flamenco originario supone un evidente intento por conservar una tradición artística que se veía peligrar por los derroteros comerciales y sociales que traían los nuevos tiempos en la escena flamenca.

Gracias al empeño de Lorca y Falla, Granada celebró el primer Concurso de Cante Jondo el 13 de junio de 1922, fecha fundamental para el flamenco. Ya que con este certamen se asientan las bases para que el cante jondo pase del ostracismo cultural a la admiración y el estudio de la élite cultural, así como del apoyo, y en suma, explotación, por la clase política. Sin olvidar el gran peso de los estudios de Antonio Machado Álvarez, alias Demófilo. De los primeros y más relevantes folkloristas españoles, y padre de dos piezas clave de la poesía española: Antonio y Manuel Machado.

De 1922 al 2013 hay mucho recorrido. El flamenco pasará por muchas fases. La guitarra irá ganando peso, se formarán circuitos de festivales como el de Granada, se profesionalizará el arte… Entre tanto cambio, podemos ver una constante inalterable: el uso con interés partidista o ideológico que la clase política hace del flamenco. Un tipo de folklorismo que relega otros folklores musicales del país, pero por otro lado, su desarrollo musical ha sido tal, que los españoles solo podemos estar orgullosos de artistas como Enrique Morente, Miguel Poveda, Camarón de la Isla o Jorge Pardo.

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