«No estamos disfrutando juntos de un libro que está teniendo muy buena recepción», Igor Paskual

Después de leer y asimilar una novela como ‘El arte de mentir’, la sinceridad plasmada puede hacerte creer que ya conoces del todo a Igor Paskual. Pero, ¿cómo es realmente? A pocas de horas de incorporarse a su cita en el festival Cassette Rock (en la plaza de toros de Arroyo de la Encomienda, a 22 de junio) no oculta su incansable agradecimiento —cuando debiera hacerlo La Encuadre, por concedérsele este encuentro—, ni su amabilidad y talento como anfitrión —él se hará cargo de pagar las consumiciones—. Inquieto, muy expresivo y atento. De mirada inevitablemente pícara, parece saber siempre cómo va a acabar la siguiente pregunta. Para quienes guardaban algún tipo de duda y para los que no: Igor es un intelectual del Rock, también en las distancias cortas.

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Fotografía: Jesús Díez

 

Sexo, drogas y rock and roll… Quizá sea un tópico, quizá no, pero ahora lo tenemos todo ello por escrito. ¿Qué te ha llevado a publicar ‘El arte de mentir’?

Realmente, el motivo espurio y cutre y menos, digamos, poético es simplemente los ánimos de ciertos amigos que escriben, que ya están en el mundo de la literatura y que me dijeron: «tío, escribes cosas que creemos que tienen cierta solvencia, por qué no te decides a hacer algo más grande en vez de artículos, ciertas conferencias, ciertas clases… Ponlo todo un poco en orden». Eso fue un poco el, digamos, motivo menos poético.

El más poético, el que a mi realmente me pellizcaba para ponerme a escribir es que yo ahora mismo ya tengo dos hijos, he cumplido 10 años con el Loco… que son, porque 10 años con el Loco son como 20 en cualquier otro grupo. Igual que decía Laudrup de Cruyff: «cinco años con Cruyff son como 20». Entonces, yo tenía ya quizá las experiencias necesarias para contar algo con cierta enjundia y, a la vez, me encontraba con la cabeza en su sitio para poder atisbar qué es lo que había pasado en esos años. Porque, igual, yo hace cinco años hubiese tenido unas experiencias parecidas pero no tenía la cabeza necesaria para evaluarlas, ponerlas un poco en orden y para decir: qué me ha pasado, qué es lo que sucede, por qué me ha pasado todo esto… Pero no solo a mí, sino también algo que tuviera interés para los demás porque contar la historia de tu propia vida solamente no es interesante para nadie, lo que es interesante es en tanto que hagas partícipe al lector de una serie de experiencias que te han tocado. Sean musicales, sean sexuales o de referencias artísticas.

Yo me sentí suficientemente maduro: tengo un disco, he hecho dos giras por Sudamérica con mi disco… Tenía unas suficientes vivencias como para poder ponerme en orden.

 

¿Qué hay de verdad en todo lo que podemos leer? ¿O el arte de mentir te ha servido para atraer a más público?

El título es sugerente y sí que juego continuamente con si esto fuera verdad o fuera mentira porque estoy muy obsesionado, no solo con la realidad del Rock, sino con la realidad del arte. Yo leí a Oscar Wilde cuando tenía 16 o 17 años y yo lo que más me preguntaba era: «¿pero esto es verdad? ¿Esto que cuenta se lo cree?». El libro era tan bestia que sabía que me iba a cambiar la vida. Si me va a cambiar la vida y no es verdad, me mata. Entonces, yo estoy muy obsesionado con este tipo de cosas.

Puedes creerlo o no, pero es un libro a corazón abierto. Todas las experiencias son ciertas. Pero la respuesta no es que sean ciertas o no —que lo son— es: ¿si no fueran ciertas, tendrían el mismo valor? Esa es la gran cuestión que tiene que flotar en el aire. No me he abierto solamente de una manera sexual. Hay reflexiones sobre religión u otras cosas, que son realmente las más valientes. Más que las primeras porque no me son tan costosas como el hecho de ponerme a hablar sobre Cristianismo, etcétera.

 

Hablas constantemente de referencias culturales y artísticas de todo tipo. ¿Qué dirías que aportan estas influencias de otras ramas del Arte a la disciplina de músico?

A mí me ayudan a plantearme la música desde otro enfoque. Cuando me planteo un disco, no me limito a tener 12 canciones sino que me hago una serie de preguntas: para qué merece la pena esto, qué me diferencia a mí de los demás, qué quiero contar y cómo lo quiero enfocar, qué pinceladas le quiero dar. Y para eso las preguntas que me ayudan, generalmente, no vienen del Rock, un género en el que quitando cuatro o cinco artistas se hace muy poca autocrítica, con muy pocas ganas de hacerse preguntas —no te hablo de vanguardias, sino del género puro y duro del Rock and Roll que es donde me muevo yo—. Soy un rockero con unas coordenadas muy clásicas, pero dentro de ellas me apetece añadir pinceladas. Y me ayudan a plantearme cosas desde mi vida personal hasta el puro disfrute estético, y hasta enfocar los discos de una manera diferente.

Con el Loco también nos pasa. Él siempre tiene un montón de referencias y de citas muy poco habituales. Se ve en la evolución de grupos de la generación del Loco: nula. En muchos casos, sin ninguna canción relevante desde hace más de 20 o 25 años. Y el Loco ha tenido una progresión gracias a inundarse de otras disciplinas que le ayudan a crecer y a poner un rock and roll de una raíz clásica en un mundo contemporáneo, no solamente a nivel sonoro sino a nivel de textos.

 

Si tuvieras que elegir una sola de estas referencias, cuál sería. Tal vez, alguna de ellas aúne todo el sentido del libro…

Quizá, la pintura porque muchos de los pintores que me gustan sí tienen bastantes inquietudes literarias. Por ejemplo, Dalí. Lees sus textos, y muestran una prosa excelente. Pero, también, un escultor como Cellini, cuya autobiografía es fantástica. Creo que hay una serie de artistas, sobre todo pintores, que han reflexionado sobre su propio arte y lo han hecho de una manera muy elocuente. Entonces, quizá, en ese sentido, la pintura aúne muchas más cosas.

 

¿Crees que en España es habitual esta forma de actuar? Resulta visible cierta crítica al país, a su falta de pasiones, a su frialdad para con la cultura… Y, en su mayoría, a la hora de compararse con Sudamérica.

Yo creo que sí. No es que no me guste el rock español, me gusta mucho. Pero creo que nos movemos en coordenadas un poco clásicas. Los grupos no han sabido crecer. Y el público: o es un público ya mayor; o, el joven está en otras cosas. Cosas distintas, a lo que se llama ahora música independiente. Que de independiente no tiene nada. Siempre es dependiente de una serie de radios, de publicaciones… mayoritarias o minoritarias, pero es un circuito que es muy dependiente. Además, el público se ha aburguesado muchísimo —igual que los propios músicos— no porque escuchen una cosa u otra sino porque en España, en comparación con Sudamérica, se ha vivido muy bien durante muchos años, y encima hay una oferta cultural mucho mayor. O sea, si en el año 70 en España el Rock and Roll era lo más, ahora mismo tienes que competir con una Play Station, un home cinema, con ir al centro comercial… Estamos mucho más saturados de ofertas de ocio.

 

¿Pensabas en algo mientras estabas escribiendo la novela? Quizá en la reacción de tus familiares, tus compañeros de profesión…

En mis compañeros de profesión, no. En mi familia, sí, no mientras escribía pero sí al acabar. Cuando la escribía, me dejé llevar. Cuando la leí, después de un tiempo, pensé que estaba bien, que no era tan fuerte. Pero al pasársela a algunas personas, me hicieron entender que sí era fuerte. No era consciente de que podía haber cierto peligro.

Para hacer una tortilla hay que romper huevos. Es horrible. La gente más cercana es la que más lo acaba pagando. Ya me pasaba con Babylon Chat. Era un grupo que vestíamos de manera muy ambigua, con una puesta en escena muy llamativa… Entonces, personas como mis padres, aunque sean liberales, no dejan de estar educados en un ambiente franquista, “carca”… muy sensibles a los comentarios vecinales… Encima la gente en este país es muy mala y le encanta hacer leña del árbol caído.

Pensé en ellos y, obviamente, fue un pequeño disgusto. Me duele porque no estamos disfrutando juntos de un libro que está teniendo muy buena recepción. Y me gustaría porque, además, mis padres son bastante más fans míos de cómo escribo que de cómo toco. Pero cuando tienes una idea, tienes que ir a por ella. Los escritores somos muy, muy egoístas, y para mal además.

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Fotografía: Jesús Díez

 

Para la división del libro has escogido una especie de capítulos breves. Estos hacen que tome más una forma de diario que de novela. ¿Qué ha hecho que te decidas por esta y no otra manera de presentación? ¿Es un elemento más, tiene un sentido para la transmisión del mensaje?

Me resultaba la manera más cómoda de contar la gran cantidad de cosas que quería contar. Realmente no tenía una historia en tercera o segunda persona que propiciara un nudo, planteamiento, desenlace… Utilicé, por ello, un formato combinado que va desde el diario de viaje —que lo hay—, esos conciertos que das, la crítica musical, el ensayo… Una serie de cosas ahí mezcladas que me servían de una manera muy útil para contar todo lo que tenía en la cabeza, que era bastante dispar. Lo mismo me ocurrió en ‘Equilibrio inestable’, donde utilizó desde el rock más básico y más elemental hasta baladas muy épicas, muy largas con muchísima instrumentación, o sensibilidad country. Lo que yo quería contar necesitaba de músicas muy distintas para conseguir un buen recipiente.

En el libro me ocurrió lo mismo, y tuve que ponerlo así. Lo que más me costó fue ordenarlo bien para que eso tuviera una coherencia y el lector no se perdiera, porque voy variando muchísimo. Es verdad que varío. Paso del año 2000 a la actualidad, a crítica musical, a una aventura musical, a un ensayo sobre arquitectura… Para que todo eso tuviera cierta coherencia eché muchísimo tiempo en ordenarlo. No sé si lo hice bien, pero me lo planteé mucho.

 

Puede haber influido en ello tú labor como articulista para el diario El Comercio

Yo creo que sí. Me influenciaron en la manera de narrar con cierto lirismo pero bastante contención. Es toda una educación y un arte contar cosas, con cierta reflexión y calado, en pocas palabras. Me cuesta un horror, pero mola porque a la gente no le haces perder mucho el tiempo. Lo cual está bien.

 

Ya que hablamos de Periodismo, ¿en qué punto dirías que se encuentra? ¿Se está haciendo todo mal? ¿Todo bien? ¿Parte mal y parte bien?

Es una pregunta muy implicada. No sabría decirte porque hay muchos tipos de periodismo. En el periodismo político, obviamente y por desgracia, se están respondiendo a unos intereses ni tan siquiera económicos sino claramente políticos.

 

Y en concreto, en su relación con la industria musical…

El gran problema del periodismo musical, hoy en día, es que las revistas musicales no se venden o se venden muy poquito. Entonces, el periodista o bien es un fanático no remunerado o un profesional que quiere cobrar pero no tiene donde cobrarlo. Y al no pagarse no te puedes profesionalizar ni dedicar el tiempo necesario.

Y, luego, los críticos de los periódicos generalistas se dejan llevar por fobias y filias personales que no tienen ningún sentido. Cuando leo prensa extranjera al respecto, echo de menos esa manera de evaluar con un saber, con un criterio, sin ningún tipo de prejuicio. Simplemente la crítica de teatro o musical que hay en The Guardian me parece que gozan de un nivel bastante más elevado. Supongo que porque forma parte de su cultura, o porque aquí nos encontramos con un montón de advenedizos en búsqueda de discos gratis. Realmente, no lo sé.

A veces, un blog me resulta más creíble que un periódico masivo. Es como si se hubiera diluido esa barrera, y si se ha diluido tanto es porque los que estaban arriba no habían hecho tan bien su trabajo como parecía. No puede llegar nadie con un blog y, de repente, ser mejor que el crítico de El País, por ejemplo. Eso significa que el nivel está muy bajo y cualquier tipo con unos mínimos conocimientos está escribiendo igual de bien que el otro y con un criterio más objetivo.

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